Villa Epecuén: La Atlántida Blanca
Sumergida durante un cuarto de siglo, la ciudad regresó convertida en un esqueleto de sal
El Espejismo del Lujo Salino
En la vasta llanura pampeana, donde el horizonte es una línea infinita que separa el cielo de la soja, existió un oasis de opulencia que desafiaba la lógica geográfica. Villa Epecuén no era un pueblo cualquiera; era el refugio de la aristocracia y la clase media ascendente argentina, un balneario termal que competía en prestigio con las costas de Mar del Plata, pero con un secreto geológico: sus aguas.
La Laguna Epecuén es una rareza hipersalina, un "Mar Muerto" austral con niveles de salinidad diez veces superiores a los del océano. Desde la década de 1920, el turismo de salud transformó este rincón polvoriento en una ciudad vibrante. Hoteles de estilo art decó, balnearios de mármol, pistas de baile y una conexión ferroviaria directa con Buenos Aires cimentaron su estatus. Cerca de 1.500 residentes permanentes atendían a más de 25.000 turistas cada verano. Era una máquina de felicidad y dinero, construida, irónicamente, en la orilla de una masa de agua impredecible.
Técnicamente, el pueblo era una anomalía de ingeniería. Situado en una depresión endorreica (sin salida al mar), el nivel del agua dependía exclusivamente de la evaporación y las lluvias. Para mantener la ilusión de estabilidad, se construyó un terraplén de contención, una muralla de tierra y esperanza que separaba los hoteles de lujo del agua salada que les daba vida. Nadie imaginaba que esa misma agua, fuente de su riqueza, sería su verdugo paciente.
1. El Domingo que el Agua No Dejó de Subir
La tragedia de Epecuén no fue un tsunami cinematográfico. No hubo una ola gigante barriendo rascacielos en segundos. Fue una tortura lenta, húmeda e imparable, nacida de una burocracia ineficiente y un ciclo climático despiadado. En 1985, la provincia de Buenos Aires sufría un exceso de lluvias histórico. Las cuencas estaban saturadas. La laguna, alimentada por los arroyos desbordados, comenzó a presionar el terraplén protector.
Lo que hace a esta historia particularmente cruel es la lentitud. Los habitantes tuvieron días, semanas, para ver cómo su mundo desaparecía. Empacaron lo que pudieron: muebles, fotos, ropa. Algunos se quedaron en los tejados esperando que bajara, armados con bombas de achique inútiles contra la física de fluidos de toda una región. Pero el agua no bajó. Subió un centímetro por hora, implacable. Dos semanas después, el pueblo estaba bajo dos metros de agua. Un año después, bajo cuatro. En 1993, Villa Epecuén yacía a 10 metros de profundidad. El pueblo no fue destruido; fue embalsamado en salmuera.
2. La Química de la Destrucción
Lo que ocurrió bajo la superficie durante el cuarto de siglo siguiente (1985-2009) es un fenómeno fascinante de química corrosiva y preservación macabra. El agua de Epecuén no es solo agua; es un caldo mineral de sulfato, cloruro, calcio y magnesio.
El Efecto Blanqueador
La alta salinidad actuó como un agente "blanqueador" natural. Al retirarse el agua décadas después, la ciudad emergió, pero sin colores. Todo rastro de pintura, barniz o vida vegetal verde había sido aniquilado. Lo que quedó fue un paisaje cromáticamente muerto: una escala de grises y blancos cegadores bajo el sol. El salitre cristalizado recubrió cada ladrillo, cada hierro retorcido, dándole el aspecto de haber sido nevado, aunque ardiera el verano.
El Matadero de Salamone
Entre las ruinas destaca la obra del arquitecto Francisco Salamone, conocido por su estilo art decó monumental y futurista en la pampa. Su matadero, una estructura que parece una cuchilla de hormigón o una torre de control fascista, resistió mejor que las casas de ladrillo. Hoy se alza como un tótem distópico, con sus letras de hormigón afiladas reflejándose en charcos de agua negra, un testimonio de la ambición arquitectónica frente a la fuerza bruta de la naturaleza.
3. El Guardián de las Ruinas
Cuando el agua comenzó a retirarse en 2009 debido a un cambio en el ciclo climático, reveló un escenario post-apocalíptico que ni los mejores diseñadores de producción de Hollywood podrían replicar. Árboles secos, blancos como huesos, flanquean avenidas donde el asfalto ha desaparecido. Hierros de camas oxidados asoman en lo que fueron habitaciones de hotel de cinco estrellas.
Pero la ciudad no está vacía. Pablo Novak, nacido en 1930, se convirtió en una leyenda viva. Se negó a vivir en la nueva ciudad refundada (Carhué) y regresó a su casa en el borde de las ruinas. Vive allí, sin electricidad ni comodidades modernas, recorriendo las calles fantasma con su bicicleta oxidada y su perro. "Yo vi nacer esta villa y la vi morir. No me voy a ir ahora", suele decir a los documentalistas que peregrinan para verlo. Novak no es un loco; es el último nexo de memoria de un lugar que el mapa intentó borrar.
4. La Estética de la Desolación
Villa Epecuén nos "hace pensar" porque es un *memento mori* a escala urbana. Representa la soberbia humana de creer que podemos domesticar la geografía para nuestro ocio. Construimos palacios sobre cuencas inundables, trazamos calles sobre lechos de lagunas. La naturaleza no tiene rencor, solo memoria y ciclos.
"Caminar por Epecuén es caminar por el fondo de una pecera rota. La luz es distinta aquí; el reflejo de la sal en el suelo crea una atmósfera casi lunar, donde el silencio pesa más que el viento."
Es también un recordatorio de lo efímero de la propiedad material. En los archivos se ven fotos de 1980: familias riendo en las terrazas, camareros sirviendo champán, niños en bicicletas nuevas. Todo eso desapareció bajo el agua salada. Hoy, esas mismas terrazas son montones de escombros informes. La "Atlántida Blanca" no es un mito griego, es una realidad bonaerense que nos grita en la cara la fragilidad de nuestras construcciones sociales.
5. El Dato Clave
Para el visitante moderno, Epecuén ofrece una paradoja final. El agua que destruyó la ciudad es la misma que hoy atrae a nuevos turistas. Los atardeceres sobre las ruinas, reflejados en la laguna hipersalina, son de una belleza dolorosa.
El Secreto del Blanqueamiento
El dato que muchos pasan por alto es biológico: la blancura espectral de los árboles muertos no es solo sal superficial. La madera ha sufrido un proceso de mineralización acelerada. La salmuera penetró las células vegetales, cristalizándose en su interior y preservando la estructura del árbol mientras mataba su biología. Son literalmente estatuas de sal orgánica. No se pudren, permanecen erguidas como centinelas de un ejército derrotado, vigilando una ciudad donde ya nadie duerme.
Villa Epecuén no es solo una ruina; es una cicatriz blanca en la tierra que nos recuerda que, al final, el agua siempre reclama lo que es suyo.
Preguntas Frecuentes
¿Es radiactiva o peligrosa el agua de Epecuén?
No, no es tóxica ni radiactiva. Es hiperhalina (extremadamente salada), similar al Mar Muerto. De hecho, tenía y tiene propiedades medicinales reconocidas, aunque su nivel de salinidad es corrosivo para estructuras metálicas.
¿Vive alguien allí actualmente?
Sí, una sola persona: Pablo Novak. Se negó a abandonar el área tras la inundación y regresó a vivir cerca de las ruinas cuando el agua bajó, convirtiéndose en el guardián de la memoria del pueblo.
¿Se pueden visitar las ruinas?
Sí, es un sitio turístico activo hoy en día. Se puede caminar por las calles con los edificios derrumbados, ver el famoso matadero de Salamone y observar los árboles petrificados por la sal.