¿Quieres un misterio cada mañana?
Recibe historias como esta directamente en tu móvil. Sin spam, solo asombro.
Durante medio siglo, si tenías lepra en Grecia, este era tu destino final. Un billete de ida al aislamiento, pero también a una comunidad de resistencia.
Al noreste de Creta, en el golfo de Mirabello, flota una roca árida fortificada hasta los dientes. Sus muros venecianos son imponentes, diseñados para repeler balas de cañón turcas.
Pero el enemigo más temido de Spinalonga no venía en barcos de guerra. Venía en la sangre. Durante gran parte del siglo XX, esta isla fue el lugar más triste de Grecia. Era el "purgatorio" terrenal donde se enviaba a los enfermos de lepra (enfermedad de Hansen) para que esperaran la muerte lejos de la vista de la sociedad sana.
Hoy, cuando caminas por el Túnel de Dante (la entrada oscura a la fortaleza), aún puedes sentir el eco de los que cruzaron ese umbral sabiendo que jamás volverían a abrazar a sus hijos.
Mucho antes de ser un hospital, Spinalonga fue una máquina de guerra. En 1579, los venecianos construyeron una de las fortalezas más poderosas del Mediterráneo sobre las ruinas de una acrópolis antigua.
Su diseño era tan perfecto que, cuando Creta cayó ante los turcos otomanos en 1669, Spinalonga resistió 46 años más. Fue el último bastión cristiano en caer, una espina clavada en el costado del Imperio Otomano.
En 1903, Creta (recién independizada) no sabía qué hacer con la lepra. El miedo al contagio era histérico. La solución fue brutal: expropiar a los habitantes turcos de Spinalonga y convertir la isla en una colonia de leprosos obligatoria.
El traslado era forzoso. La policía arrestaba a los enfermos —a veces niños—, los esposaba y los subía al barco. Al llegar, se les daba un número. Perdían su ciudadanía, sus derechos y su libertad.
Los primeros años fueron una pesadilla. No había médicos, ni medicinas, ni agua corriente. Los enfermos vivían en las casas turcas ruinosas, peleando por la comida que el gobierno lanzaba desde los barcos por miedo a acercarse. Era un lugar de lodo, dolor y anarquía.
Lo increíble de Spinalonga no es la miseria, sino la dignidad. En los años 30, llegó un enfermo llamado Epaminondas Remoundakis, un joven abogado de Atenas. Se negó a vivir como un animal.
Remoundakis organizó a la comunidad. "La enfermedad toca el cuerpo, no el alma", predicaba. Bajo su liderazgo, los leprosos transformaron la prisión:
Enamorarse y casarse estaba prohibido (legalmente), pero lo hacían igual. Nacieron niños sanos en la isla, que eran llevados a orfanatos en Creta, un sacrificio desgarrador pero necesario.
💊 EL FINAL (1957): En 1948 se descubrió la cura (Dapsona). Poco a poco, los enfermos se curaron. En 1957, el último paciente salió, dejando la isla desierta de nuevo. El sacerdote se quedó hasta 1962 para mantener la tradición de honrar a los muertos.
Spinalonga es la segunda atracción arqueológica más visitada de Creta (tras Knossos). No es un lugar de terror, sino de reflexión y belleza melancólica.
El trayecto más corto (5 min). Los barcos pesqueros tradicionales salen cada media hora. Cuesta unos 10€ ida y vuelta.
Un paseo más largo (20 min) en barcos más grandes. Ideal para ver la costa de lujo de Creta antes de llegar a la historia.
Recibe historias como esta directamente en tu móvil. Sin spam, solo asombro.